Columna originalmente publicada en El Vocero (29 de abril de 2026)

La semana pasada, en el residencial Jardín del Edén en el municipio de Coamo, una pareja fue hallada sin vida dentro de su apartamento. Días después, otro vecino apareció baleado dentro de su guagua “pickup”. No han sido los primeros asesinatos del año en ese municipio, ni serán los últimos, si seguimos reaccionando con indiferencia. Pero lo que me sacudió hasta los huesos, lo que me obligó a sentarme a escribir, fue la noticia que jamás pensé escuchar: están vigilando al alcalde Juan Carlos “Tato” García Padilla, con la intención de quitarle la vida. Esto me dejó sin aliento.

¿Por qué? Si el único pecado del alcalde, a quien admiro como servidor público, fue hablar con la verdad, una característica que lo define muy bien. Dijo en voz alta lo que muchos susurran: y es que en Coamo hay una guerra entre “gangas” vinculadas al narcotráfico, y que estos criminales —jóvenes que crecieron viendo la violencia como única salida— “se viven la película de Netflix”. Por esa valiente y honesta expresión, estos criminales han respondido con una amenaza de muerte. Lo que nos tiene que llevar a cuestionarnos: ¿qué clase de Puerto Rico hemos construido cuando decir la verdad se quiere silenciar?

Los recientes sucesos en Coamo no son un caso aislado. Cada vez cierro los ojos, y veo a la jovencita voleibolista asesinada en Loíza, además de las múltiples muertes que vemos semana a semana, me hacen sentir una tristeza en el alma que pesa más que el cemento. Pero peor aún las cifras nos acompañan en ese mismo dolor: el año 2025 cerró con 732 muertes violentas, una de las cifras más altas del País, y este año 2026 amenaza con ser aún más. Aquí en Puerto Rico vivimos con números de violencia que pueden azotar la estabilidad de cualquier ciudad o estado en los Estados Unidos y, sin embargo, seguimos aquí ante un ambiente normalizado.

Seamos claros con lo que tenemos que hacer. El Gobierno de Puerto Rico necesita, a corto plazo, no tener tolerancia con las amenazas contra servidores públicos ni contra nadie. Si el alcalde, siendo honesto, no está seguro, ningún ciudadano de su pueblo lo estará. A largo plazo, tenemos que saturar nuestras escuelas de psicólogos, consejeros y trabajadores sociales. Además, hay que destinar el presupuesto que sea necesario, no con migajas, sino con inversión social a las organizaciones sin fines de lucro de base comunitaria. Sin temor a equivocarme, la estrategia anticrimen que funciona a largo plazo es: salvar nuestra niñez, rompiendo la cadena de la violencia.

Es importante, que tampoco nos engañemos. La solución final no está solo en continuar legislando: la solución está en cada uno de nosotros. Tenemos que salir de la costumbre de leer las horrendas noticias de violencia en el País. Necesitamos apoyar a las organizaciones sin fines de lucro, defender la valentía y honestidad de nuestro liderato político, pero también exigir a ese mismo liderato que no gobierne con estribillos, y que coloque los recursos donde realmente se salvan vidas: en nuestros niños y jóvenes, y sobre todo, en nuestras comunidades.

Por mi respeto al alcalde García Padilla, por el privilegio que tengo de servir desde la base comunitaria, por el futuro de mi hija y de las próximas generaciones, les digo: esta crisis termina cuando todos decidamos que ya no toleramos que el crimen nos mantenga en silencio.

¡Nos toca a todos!

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